En mi mochila están los conjuros para la metamorfosis

No puedo ni quiero quedarme varado en este cambio de año. Las fuerzas presionan de una u otra manera a pensar en lo que cargo y me espera, como si no hubiesen en cada amanecer nuevos días.

Reflexiono sobre estos 12 últimos meses, reflexiono sobre estas últimas 365 jornadas de respirar, de trabajar, de dormir, de comer, de abrazar, de saber que no siempre hay mañana y que la llegada de la noche es una incertidumbre entre la vida y muerte.

Mientras escribo este capítulo se acumulan los mensajes repetidos enviados, algunos entre muchos son humanos. Nuevamente mi mente no se deja engañar por mis ojos e inicio el viaje hacia mi pasado o hacia mi historia; quizás exista una diferencia.

Y, claro, mi primera escala es múltiple: recordar la lección que me dejó el 2017, lo que aprendí en el 2016, las alegrías y fracasos del 2015, las novedades y monotonías del 2014, también del 2013… hasta llegar a 1963. De pronto, en este amasijo de remembranzas me doy cuenta que las fechas saltan, dudan, no se encasillan, protestan.

Mientras se ponen de acuerdo, decido ir por otro pasillo: ¿Cuáles son los nombres que más recuerdo y cuáles están en la lista de eliminables? – ¡¡ALTO!!

¿Cómo es eso que tengo una lista de nombres eliminables? Ya lo recuerdo, es un agujero negro creado en la zona de supervivencia mental. Extraño que no la haya tomado en cuenta este 2018 y que mañana tenga la necesidad de actualizarla.

¿Cuántos nombres han sobrevivido a ese agujero negro? No podría saberlo nunca, pero si puedo empezar a revisar los que ya deben pasar a ese lugar. Me interrumpen en estos pensamientos.

− ¿Quién llama?

− Las fechas… ya nos hemos puesto de acuerdo y necesitamos tu presencia.

Abandono esa lista de nombre eliminables y voy hacia el lugar en que están reunidas, están tranquilas y cada una en su lugar, en el centro un gran saquillo. De manera orquestada se me acercan y lo dejan a un nanocentímetro de mis sentimientos; regresan a sus puestos en silencio. Habla la que pronto dejará de ser presente.

− Lo que hoy estás haciendo conmigo, ya lo hiciste con mis colegas: hiciste promesas al inicio y vilipendiaste al final. ¿Harás lo mismo esta vez con el que viene?

− Aún no lo he decidido. Fue mi incipiente respuesta.

− Hemos acordado poner en ese saquillo cada uno de tus recuerdos, sensaciones y sentimientos, pesares y arrepentimientos, regocijos y logros, para que tu los sigas cargando, pues a la final son tuyos y no de nosotros los años, que nada tenemos que ver con tu existencia y tus decisiones. Tú veras lo que haces con esa carga.

Percibo entonces lo que me espera para las subsiguientes jornadas al 1 de enero de 2019; hago unos amarres a ese saquillo, lo convierto en una mochila, la cuelgo en mi espalda sin entender porque es pesada y liviana al mismo tiempo. El tiempo para estar en este lugar terminó, me alejo y de reojo veo que los años agitan sus manos en señal de despedida.

Reinicio mi viaje de un millón de años, llevo mi historia compuesta por aquello que hice y cambió mi existencia, también mi pasado que parece rompecabezas por el accionar de mi mundo exterior y en el que no influyo.

Reviso el mapa, la ruta marca el camino por la melancolía con el viraje paulatino hacia la metamorfosis. Con mi mochila también están mi viejo sombrero y mi cuchillo de monte.

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